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Los puentes rotos
De la desesperanza
y otros poemas
Reiteraciones o peregrino
al borde de la tierra
De las altas ciudades
poemas de miedo y exilio

De la desesperanza y otros poemas
De la desesperanza y otros poemas
Frente de Afirmación Hispanista, A.C.
México, 1999
Portada e ilustraciones:
Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

Roberto Ferreyra

De la desesperanza y otros poemas

Donde las certidumbres entrevistas

Al negro sol del silencio las palabras
se doraban.
Alejandra Pizarnik (1936-72)

Ha llovido de nuevo
y otra vez se ha roto el cristal
y la superficie lacia del silencio

y ha amanecido de nuevo
sobre la ciudad dormida
al vacío alucinante de tu ausencia.

El juego

Hoy
está en juego el hombre
y hasta la forma de ver la luna
en juego todos los juegos
que aprendimos
de niños
hoy no será más mañana
ni ayer ocurrió la ausencia
el error lamentable
la diaria hipocresía
asentaremos mas no definitivamente
la certeza de la línea
o la curvatura de la órbita
en este golpe de suerte
quizá
que nos llevará a la desgracia de volver
a jugarnos la forma
de ver la luna y jugar
la próxima vez
o no.

A mis amigos

Gritan mis huesos predestinados al caos
comen de mí los cangrejos al regreso del río
me quedo sin sombra y sin dios
entre los restos de la mañana
aislado hasta la unidad floto
en tantos lugares
que acorralado en el límite del eco
converso con los poetas
humildemente
y a veces, sólo a veces tiemblo
ante el ojo ciego de la tormenta
donde alguien robó mi palabra
donde alguien archivó mi nombre.

(sin título en el original)

Siguiendo el río de mis besos
podríamos amanecer mañana otra vez
a la espera de los barcos
en el exilio de tus humedades
y el silencio de la pared azul
y nos tenderíamos desnudos
como cálidos glaciares de sangre seca
en la incierta claridad
de la ruta de las especias
nos cubriría el espejo de agua estrellada
teatro de muertos y oscuros navegantes
antiguos bajeles y acantilados hermosos
donde declamaría tu cuerpo
letra a letra leído
y se darían mis versos y la dulzura que emanas
a los peces que vuelan
inútilmente.

Serpiente que muestras tu cola,/ inflexible círculo, bola/
negra que giras sin cesar/ refrán monótono del mismo/
canto, marea del abismo,/ ¿sois cuento de nunca acabar?
Amado Nervo, Kalpa (1914)

Los pájaros nos prevenían
mas quién escuchaba
cómo se convertían
nuestros vinos en aguas
las señales de la fuga
hogueras de odios
la sombra del pan
amaneceres sin nombres
bosque de fantasmas
los murmullos del sol.

Los pájaros nos prevenían
era el eterno punto
del principio y fin
mas quién escuchaba
el eclipse de los métodos
el tiempo eyaculado.

Los pájaros nos prevenían
exactamente el punto
estaba del otro lado
de la nada
y salimos a buscarlo
tan inconsecuentes...

(sin título en el original)

Cuando sienta ya la hora
pájaro lento y nube en el cielo
de la eterna vaciedad del hombre solo
viajaré a la tenue luz del olvido
por las tribus perdidas de la memoria
y andaré la tarde con el luto en la frente
oráculo cansado de predecir desgracias.

Cuando termine el instante habitado
que se añora después de la distancia
vendrán los renegados del alba
y los blasfemos de la palabra
para entonar los cantos gregorianos
cumpliéndose mi muerte sin ti
rodeado de perros.

Cristales

Dueño imposible del sueño
bebí el hambre y el verbo de tus pechos
y la embriaguez del viento
bajo la sombra secreta de tus manos.

Mis besos crucificados
en el ramaje de tus entrepiernas
sembraron de caminos la memoria
y de dulce olvido el agua.

Ya deshecha la luz
no sé por qué hago versos
a las ventanas de tu alma
y a los cristales del tiempo.

Dónde las certidumbres entrevistas

Retrocedo hasta el borde de la piedra.
José Lezama Lima

¿Dónde las certidumbres entrevistas,
dónde también los augures estúpidos,
dónde el secreto destino de la palabra?

No en los sueños
ni en los transeúntes breves
de deseos eternos.

Quizá en tanta puerta cerrada
los momentos escritos en los muros
la prohibida evidencia de tu olvido.
Como quien duerme a tu derecha

acabado y sin regreso
desando mis heridas
como quien duerme a tu derecha

donde la oculta ausencia de la verdad...
donde la última luna de la esperanza...
donde el grito callado...

(La afilada navaja del reloj
la guitarra de brisa verde
esquinas de vinagre
veranos de sal).

Peligra la razón
en cada verso
¡ah! esta palabra recién parida
viajando desde el miedo
hasta la noche omnipresente
de la ciudad en ruinas
que arde en mi lado izquierdo.

Casi por creerme que la lluvia es eterna
estaré en mi entierro sin remedio

donde las certidumbres entrevistas
donde los augures estúpidos
donde el secreto destino de la palabra.

Mea culpa

Confieso que he soñado
confieso ésa y todas las cosas
que jamás he confesado.

Me declaro culpable de este
equilibrio difícil
al borde de las palabras.

Soy responsable
de los sueños no soñados
de las voces no escuchadas
y de estos circuncisos temores
ante el látigo.

Soy culpable de levantarme cada día
con el pie izquierdo
-confieso que he soñado-
y soy culpable de mi culpa,
cadalso yo mismo
de mis sueños.

Identidades (1997)

Diciembre, jueves

No he venido únicamente para hablar
de la muerte
ni de la música sorda de los años
son inútiles el círculo
y las gotas salobres de la impotencia
ante el perfume suave del terror cortés:
necesito un sitio firme
en medio del pantano
de la duda
del sudario
del amarillo deseo
del no retorno
de los eternos equivocados
y de la niebla que nunca será imagen.

Ya estoy contra toda la pared, ya estoy
entre el miedo y el silencio de los muros
y debo
(a pesar de todo)
seguir siendo el mismo.

(sin título en el original)

Cada vez soy menos aquel caminante
que se echaba a los vientos sin temores
racimos de versos a la espalda
por el amanecer apenas presentido,
cazador de astros jugándome la vida
a perderte.
Ya me niega la sombra su imagen
sellando desasosiegos y derrames
hasta el seco mar de los huesos
y el desabotonar la noche abierta
a las noticias de la ausencia
y los cristales.

Me lleva el agua quieta de los recuerdos
al hueco alzado de tu mano pidiente
me duelen las heridas que no tengo
aspiro la brevedad de tu esencia
y siento el mecanismo roto
de mis dolores cardinales.

Ahora me muero lento
en la mínima huella de mi existencia
sobre el bosque de odios que se diluye
en el dulce exilio del sueño,
rezando la última plegaria
del que nunca creyó.

"La Gioconda desnuda"
de Barthel Bruyn, siglo XVI

Siempre te pinté desnuda
en el lienzo de mis silencios
salpicado de rostros y luces
yo hice tu sonrisa escéptica
como lluvia íntima sobre campo roturado
la innombrada luz de tu cuerpo
el alba rotunda de tus pechos
y la aureola de tus pezones
pintor soberbio
ignoré la ciudad ardiente y sus horrores
desafiando a los involucrados
en la felonía de mi muerte
y en esta circuncidada hora final
naufrago en tus paisajes
de silencios encadenados
jugándome la última esperanza ante el cuadro:
que a la desarmonía doliente de mis huesos
le sobrevivan el polvo
y los silencios del lienzo,
el alba de tus senos
y la innombrada luz sobre ellos.

Reflejo

Busco la raíz cuadrada de mi yo
en el fondo inalcanzable
de los espejos.
Ballena varada en las piedras
el silencio que dobla las esquinas
me alcanza
y camina dentro de mí.
Soy otro con la piel aventada.

Qué agua ida mi palabra,
qué arena sucia mi cuerpo.

(sin título en el original)

Soy el río que transcurre
por las riberas de esta ciudad autositiada
y también un poco
los indiferentes muertos verticales
que atraviesan con prisa los viejos puentes
que no oyen esta canción, nunca la escucharon
que han perdido sus voces
en las legamosas y resbaladizas orillas
de plásticos, aluminios, petróleo, excrementos
y las innúmeras y opacas turbiedades
que ayer eran ojos cristalinos de belleza.

Soy ente manso y pisoteado
que arrastra el recuerdo de sus muertos
penas, historias
y amarillas tardes contaminadas
como pestilencia que se arremolina y eleva
llorando el vacío que dejaron amantes y peces
y las arenas que emigraron de su pecho.

Pocos saben que agonizo y menos aún
levantan un dedo
ignorando que soy el río oscuro
de la callada ira de Dios.

(sin título en el original)

A veces soy también un árbol
y me duelen los gorriones
y desespero
de echar a andar los inviernos
sintiendo
la pisada breve de las hormigas
hasta
encontrarla azorada y desvalida
como una niña
en las hojas que me inundan.

A veces no tengo madera
para andar en los troncos
sino la sombra
de la humedad y esta voz
angustiosa
de árbol.

A veces ella también
es un árbol
sin voz.

En tu nombre y dos apellidos

Ya no existen tu nombre y apellidos
-tal vez nunca existieron-
ni hubo ayer ni habrá mañana, únicamente
la burbuja del instante
el tránsito reiterado de la muerte a la vida
y viceversa.

Quizás la noción de ellos se fue corriendo
sin encontrarme por las cuatro esquinas de tus huesos,
desesperado almanaque de esperas en el oscilante
punto de apoyo.

Ya no existen sino en el destino incierto del viento
o en el grito mudo del naranjo destrozado
ceniza vaciada en las aceras
siempre fue tu nombre destello entrampado en los charcos
y en los caminos de granos de maíz
que ahora recorro.

Cazadora de astros

(Homenaje a Remedios Varo, 1908-63)

El crepúsculo atravesado por los ígneos cometas
las extrañas naves de los esquivos dioses
con sus aspas y ruedas y relojes de arena
la casa abierta a los cuatro puntos cardinales
el humo del tiempo eterno
los vuelos de fuego de tu vestido
arropando sentimientos incandescentes
espirales que avanzan como pensamientos
en el tablero de ajedrez
en los miles de alfileres
y en la puñalada del dolor reumático
centauros adormecidos con caras de cabra
la oscuridad del bosque y de la tierra
el luminoso vislumbre solo imaginado
al borde del cuadro
remonta las nubes grises que rondan
los flanqueados rectángulos
y sus manos finas (apenas leves)
sosteniendo la red para cazar sueños
-¡ah! Esa apariencia de mariposas-
y la jaula del pájaro
(la descripción) en que yace
triste
el cuarto creciente de la luna.

Stars / Huevo I, Huevo Cósmico / Sheila Rose

Para Fredo Arias de la Canal

Heme aquí en las ríadas
luminosas y oscuras que desembocan en el lago
calmo de los recuerdos repleto de voces, rugidos
y matices, antílopes dorados, osos grises
y cisnes y eucaliptos y palmeras quizá
mi monte quizá mi cadáver que yace sobre
la playa y las playas de espesas arenas abiertas
al mar de oro en que fulgura el sol.

(La serpiente enroscada en el sol y las estrellas
sobre las lenguas de fuego de la espiral allá
en el horizonte que asciende corren
los venados y la silueta de la muerte).

¡Ah!, esa textura hermosa de enigmático brillo la piel
desnuda de la serpiente, los planetas
que navegan sobre las lenguas de fuego
amarillas naranjas azules el completo morado
el fuego blanco de las estrellas delante
del espejo que soy yo más allá
del paisaje el sol entre telones desgarrados
el hermoso cisne del lago que indaga
por mi cabeza quizá mi mente quizá el sistema
las ideas o el huevo cósmico de las galaxias ante
el fondo majestuoso de las nevadas montañas y
en el paradisíaco edén el ojo inquietante
del universo salvaje
contemplándome.

¡Oh, Damocles!

Visto el caos por dentro
y su horrible interior
y hecha la ecuación de la desesperanza
apoyo el cuello sobre la espada
y corto el hilo de este tiempo herido
de palabras sin pan.

Apoyo el cuello como vaso vacío
en la ilegalidad de los abrazos
en la desesperante cotidianidad
y en el paraguas del quizá
donde gusanos corroen el arcoiris
y se pierden los cartógrafos cansados.

La lágrima se arrastra
y vuela el mundo sobre mí
detenido.

Apoyo el cuello sobre la espada
y corto el hilo sobre mi cabeza, ¡oh Damocles!
Apoyo el cuello y corto el hilo
sobre el hemisferio errado de mi cráneo.

(sin título en el original)

Soy el escorpión de los signos
(rehén del desasosiego y el zodíaco).

Soy el perro del horóscopo chino
arañando la dura cáscara del oficio,

el hijo del hombre
cansado de tanto sustantivo sin verbo.

Escribiente soy
que colgado de las palabras asciende
hasta tocarlos bordes del vacío,
la luna llena y la ausencia despiadada

lluvia que llora desolada en el mar
los restos del naufragio

el viento seco de la desgracia
que agrieta los muros grises
y la faz del sol

el odio ajeno que borra
las huellas de los perros en los senderos
y tala los árboles de la memoria

río del sur
de los meandros oscuros del olvido,
soplo cálido del deseo.

A veces soy todo. Casi siempre nada.

(sin título en el original)

Esparcidas las aguas secas
de este mil novecientos noventa y siete intento
un nuevo abordaje de esta medianía sin sol
donde la cultivada rosa del miedo
es una bomba que te mata
lentamente.

Hecha la antología de los fracasos
escapo de la promiscua desesperanza
que astrólogos cautelosos sembraron en mí
como peligrosidad de lo cierto.

Se me ha perdido la mitad
soy un hombre sin sombra
desnudo este año.

Asedio de las horas

I
Los vientos y el tiempo
se llevaron lo verde de las orillas
y más allá de los caminos.

También la esquina de la sombra
y las mañanas de ropa recién tendida

socavaron los sueños
y sólo me queda el alucinado instante
la canción del miedo
la garra que acecha
el espejismo del monstruo,
la pleamar de los muertos.

II
Viajo hasta tu ser desnudo
y escapo del canto de la noche
para emigrar de este país imposible
por la trémula ruta de tu seno,
secretamente tierno.

Desando la tierra hacia adentro
este invierno acorralado de oníricos versos
hasta el mar que bate
debajo de tu voz,
violentamente tierno
consagro a tu nombre un bosque oscuro (*)
donde agoniza el ciervo
y acechan los depredadores este sentimiento.

En tu nombre
resumo de nombres todo lo callado:
la migaja última de mi pena
en la cuenca de tus manos
y el perpetuo color de tus ojos.

 (*) (Fernando de Herrera, 1534-97)

III
Sueño el olvido que se ha ido
-ese animal invisible que te ataca,
ese rumor callado de los besos-
tras la lluvia
al pie de la tarde

llueve agonía todas las horas
en esta conjura delirante
que fabrica mi muerte en recodo gris.

Los portales abiertos de tus manos
dibujan de adioses el paisaje
al fondo de todo
y soy jinete decapitado
perdido entre puentes

árbol caído de verde
palabra inaudible de las ruinas
sangre derramada en el hielo
y en la terrible vigilia del ojo.

No guardes mi muerte
cuando pueda olvidar habré regresado.

IV
El tiempo
el rojo del golpe
el blanco del olvido
se arrastra sobre la pared de la casa.
Los crucificados en la inercia
esperan su redención
la otra orilla de las aguas
la degradación del mito.

Del dragón que duerme
emanan los aromas olvidados
quiméricos viajes
sentimientos rotos.
Soñadores endémicos
-el alma llena de caminos-
escapan de la soledad múltiple
del universo.

Los que bebieron de su sangre
andan los amaneceres sin nombre
por el borde riguroso del abismo

caminos imposibles
sutiles miedos
esperanzas silvestres:
tras la desnudez del sueño
desandados de polvos ajenos
tendremos que reimaginar la esperanza
para ser nuestro propio polvo.

V
Atado al péndulo monótono y reiterado
a los pensamientos recurrentes
y a la plegaria de los árboles sobre mi horizonte cercado
asumo la lluvia como aburrido milagro de cada día.

Emigrante del paraíso
levanto la palabra a falta de voz
y el índice acusador a los borrosos signos
a las urgencias desesperantes
y a las inasibles certezas.

Dios es y no es aquí
sino la memoria colectiva
entresuelo de esperanzas
(caer y levantarse y caer)
en esta caverna de dolores.

¿Quién me mira desde el fondo de mis ojos?
Quizá los instantes idos
o las risas que se desvanecen
o la breve tregua de mi muerte.

Asumo la lluvia pero no su olvido.
La última campanada ya no es de las doce.

(sin título en el original)

En definitiva
la lluvia es inútil
(la mañana es una estación
inconclusa
y navegamos las mismas historias
en todas las calles).
No hay verdad más allá
del instinto y del polvo
o de los espejos retorcidos
sino un río interminable de amaneceres
una agonía que yace bajo tierra
en el regreso
también inútil
a las lluvias y la historia petrificada
en la calle
más allá de la verdad
como un sueño inconcluso
como un instinto leve
como una palabra retorcida
agónica
inútil.

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