Raúl Tápanes López

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Puente de la Concordia, Matanzas, Cuba

Poesía
Los puentes rotos
De la desesperanza
y otros poemas
Reiteraciones o peregrino
al borde de la tierra
De las altas ciudades
poemas de miedo y exilio

Matanzas, Cuba
...junto a las estatuas de Martí
y de la Libertad, con los brazos abiertos
y los pechos desnudos...

Gioconda desnuda de Barthel Bruyn
Gioconda desnuda
Barthel Bruyn, siglo XVI

...quién hizo de pinceles tus ojos, tu sonrisa
como un pájaro, mármol pulido tu frente?...

Anónimo
Gioconda desnuda
Anónimo, 1513

...sólo las velas cifran el color
que duerme habitando las sombras
...

Gioconda desnuda, Joos Van Cleve
Gioconda desnuda
Joos Van Cleve, siglo XVI

...más allá de tus pulidos senos
el fuego de la leyenda
el paisaje y la alberca
el infinito signo del fondo...

De las altas ciudades, poemas de miedo y exilio

A Cervantes,
por enseñarnos la locura de atreverse a soñar...

Estos cuasi-poemas han sido escritos a pedazos de alma, a caballo sobre las calamidades y las estaciones, en papeles reciclados, en bancos de parques y en medio del caos, entre Matanzas –ciudad detenida en el tiempo-, La Habana y Santiago de Chile. No intento nada con ellos porque... si os la mostrara, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habréis de creer...

El autor

De las altas ciudades y sus estaciones

Hay veces que la ciudad me roba (me invade) el espíritu,
y el ruido me parece de millares de caballos que me llevan,
y estoy todo roto, por el esfuerzo que hago por tenerme en mí.
Otros días soy mi dueño, y vivo sobre el ruido, como un domador
sobre sus fieras muertas.
José Martí

Déjà-vu

La incertidumbre del aire llenó cada esquina como de un podrido temor,
cada punto cardinal un nervio reblandecido, un gesto
imperceptible erosionando la interna pared que dividía
el verso de la duda y la duda de lo irreal, apenas una certeza
anidando bajo las fachadas derruidas: lo recio
de su empuje, el poder del viento y los poetas
(hoy sólo quedan las pequeñas rosas náuticas dibujadas en los parques).

Los ilusos que suponen (quizás)  lo hermoso
inventaron lo habitado, la oscuridad del presagio;
fundaron los decretos de la matanza, la ambigüedad de la niebla,
la grisura de la ciudad y la mano blanca de la mortaja, pero nunca
las coordenadas precisas de lo intangible ni la hechizada cifra,
ni la corriente que ensordece y aterra: sólo memoria somos
y entrar y salir y entrar de los andenes, las casas, las pieles, el llanto
de la lluvia o los rótulos eternos que no dicen (nunca) nada:
únicamente llegar de más allá de la sombra,
de las pisadas, de las huellas otras (las voces de la veleta)
hasta los sueños de los sin nombre:
nunca aprendimos a vivir la ciudad, nunca realmente
(sólo resta el silencio y el filtrado lento de la luz en el alba).

Y es que por los cansados ríos pasean los tontos al tiempo de la tarde
que cae de las altas estrellas  y todo lo que quedó (a veces),
en largos años de olvido lo que soñamos y no fue
o lo que fue golpeándonos, rezumando ese desabrido regusto
de los naufragios y del limo verde al borde de la piedra:
hay esa sensación dolorosa de ya lo vi, como tiene
que ser ya todo dicho, como estaba escrito de antiguo,
con idénticas heridas y los mismos fantasmas (pétreos y tristes)
que al final -después de todo- nos acompañan de codos en el puente
hasta el beso purísimo de los ángeles.

(Diciembre de 2000,
para una antología de poemas dedicados a la ciudad de Matanzas)

Barthel Bruyn, Gioconda desnuda (S. XVI)
Museo Nacional de Nuremberg

quién hizo de pinceles tus ojos, tu sonrisa
como un pájaro, mármol pulido tu frente? quién
en la distinta luz dejó ayer perdida su sien
y su mano en tu seno? el reflejo, la brisa

es que evoca la primigenia diosa desnuda
Praxiteles? y esta vocación de tonto y coto
de cosas desaliñadas? el tiempo que he roto
devorando del sol más arriba, piedra muda

que tañerá a rebato el fuego de la locura!
cuesta arriba subiendo devorando hasta el sueño
oh torpes cangrejos de la mutilada estatua:

culpables la vacilante Florencia y la fatua
arquitectura de estas viejas voces sin dueño:
desnudos toscanos, de tu cuerpo la escritura

(y es que a veces intuyo las sombras y claroscuros
la composición y su ruta pero nunca
tu aire empaletado en la cámara de espejos
el torvo speculato de Horacio, la callada
leche de tu seno, tu imperio
sobre los ánimos, el basso continuo
de tu desprecio dejándome crecer el rostro)

Anónimo, Gioconda  desnuda (1513)
Museo Condé, Chantilly

La amada de Céfiro
tampoco fue como el lienzo hecha
para la luz del día: únicamente
el astro nocturno la tuvo entre jardines
y en la cúpula del fulgor fueron
abruptos montes sus pechos
y el reino que retorna.
Mas hoy, diabólico Savoranola,
perjuras del silencio y recuperar pretendes
su piel,
el sfumato de su cuerpo divino:
sólo las velas cifran el color
que duerme habitando las sombras
y una flor amarilla,
arcana imagen del delirio:
nadie como el griego que palpa el mármol
acaricia sus pechos bellos
cual pintura holandesa.
Nunca digas, Flora, dónde pasa tu sexo al aire o
dónde los ladrones de ciervos
al perfecto ajuste del arcoiris, nunca.

Joos Van Cleve, Gioconda desnuda (S. XVI)

en medio del invierno
con la eternidad a plomada
no vale edificar un héroe
ni el mundo de uno
sobre la ciudad silenciosa:
sólo beber de tus ojos
la costa que incita
a los colores del mañana

más allá de tus pulidos senos
el fuego de la leyenda
el paisaje y la alberca
el infinito signo del fondo
el azul de la nada encantadora,
están las pinturas escondidas
en la procesión de los dedos
el cuadro apenas brocal

al diablo el dieciséis y el viejo Joos!
circundando figuras mariposas de luz
filón de colores al golpe seco del pincel

sólo el deseo la pincelada visible
sólo realidad el sonido pastoso del aulos
como ondas que nadan en la forma de la dulzura
del amanecer incontrolable

las piedras son luces
cuando tu cuerpo navega mi pulso

los sobrevivientes

la carencia primordial de la esencia es el hambre perpetua
del que siempre tuvo hambre: nadie nos tiende la luz sino
el tiempo: sólo la muerte de cada día nos fue concedida

nos salvará el nervio? la pupila antes que se apague?
los bolsillos repletos de guijarros, el alma de gavetas? quién
dirá mi nombre? en qué pecho latirá otro igual al mío que fue?

los que hablan por los que callan piensan "quizás sea partir
un beso eternizado" o es el sexo la ebriedad, desganadamente
el preludio amoroso (tan viejos somos como la tierra reciclada)

quizás fetiches tontos la ceiba, la nieve, los límites perfectos
de la política y la cartografía. pero y el amor? no el perfume
sino el recuerdo de su aroma, la piel que ya no se palpa

los que sobrevivimos allí donde la piedra sentimos
el amor como un naufragio y nos ahoga la sílaba tendida entre
el susurrante busto a las luces y umbredades de un cuerpo íntimo

y cuál es la casa, en fin, si no su palabra suave y su voz
la tibieza añorada desde el costado y el frío de un suspiro
la acuosa herida de Cristo por donde navega el verso descalzo?

Ciudad sitiada

Sabed que esta noche no quedará
hombre de nosotros vivo,
si no se tiene algún medio para poder salir.
Botello de Puerto de Plata

En esta ínsula, mi querido Sancho,
no se certifican fuegos ni nacimientos ni matrimonios,
el registro civil está cerrado por amenaza de derrumbe,
y no hay notarios
para el testamento del buen Quijano,
los pellejos no encuentran su vino
y la última voluntad de los poetas
no puede ser leída.
El techo de la biblioteca deja caer la lluvia, ponzoñosa
sobre Milanés y la aurora de Matanzas,
el último ciclón trajo una noche
casi eterna durante siete días,
pero yo debo escribir un poema
que nadie puede leer.
Lloverá,
y caerán centellas o piedras ígneas
en medio de esta sequía intensa
de abajo a arriba,
y no podré publicar el poema porque no soy
miembro de la UNEAC,
estrella,
ni pertenezco al taller de los escribas.
Lo rumiaré solo, solo
sobre los bancos de los parques,
quijote en las asfálticas llanuras del mediodía,
en el barrio de La Marina
donde falta el ojo de Marimón hace años,
donde están repintadas las fachadas
de los solares y derrumbes,
o
lo enviaré subrepticio al Duque de Béjar
en Francia o México,
que leerá mis versos sin entender la luz
como tampoco entienden nada
los extranjeros y moros que pasean
por las ruinas patrimoniales de la ciudad
(con perdón de Teresita Burgos)
para retratarse junto a las estatuas de Martí
y de la Libertad, con los brazos abiertos
y los pechos desnudos.

Provincias de la memoria

¿De qué puerta saldrá la nueva espada?
¿De qué nublado la centella próxima?
Pálmenes Yarza

I
Sueño con un país latente en el único mar
de tantos nombres.
Sueño, digo,
con una isla infinita,
con un archipiélago dócil,
con un continente abyecto en su memoria.
Allí,
en ese país provincia
donde asombraron mis ojos las estrellas primeras
-vírgenes estrellas-
fui dueño absoluto del silencio
en una ciudad de andamios y ciegos túneles
habitada
por irascibles nigromantes
(también fui un país migratorio
profundo como el odio
donde recitaban los monjes sus rezos
en los templos del agua, sueños obscenos).

II
Porque tuve mi sueño en tus ojos
y fuiste leve entre las piedras,
porque hubo rosas de luz y oro en el año de la luna,
supe,
en mi país de fábula, de los que esperan la luz,
del vuelo de las estatuas,
del cálido animal de tus pupilas,
de las erógenas zonas de lo oculto
y de los adioses como pájaros.
También allí,
donde ladran los perros,
en la secreta aldea del reloj del zodíaco,
contarán las calles nuestra historia
cuando caía la música como una lágrima
y tu nombre estaba escrito en la verticalidad
de la memoria,
en el esplendor de los abismos,
en la alineación exacta de los planetas,
en estos versos que lloro.

III
Mirad el miedo, vedlo.
Es esta la última distancia:
sentada veremos la muerte en el instante del vacío,
en el fatídico bronce de los yelmos.
Benditos, entonces,
los que aún sueñan en el jardín de los muertos,
los que liban el brebaje de las hierbas
y los muertos vivos que perfuman la tarde,
ceibas sombrías
en el losario agridulce de la tierra.

IV
Pongo a caminar mi cadáver
y atravieso los negros espejos en el reino
que me callan,
en la misa negra de los pedacitos de mi infancia:
soy el número de la incertidumbre,
el destino del azar. Una piedra
lanzarán todos a mi cadáver inconcluso.
Soy la oscura provincia en que alguien escribe
el edicto del olvido.
Soy apenas la resta, el error:
nací al margen,
no es este mi tiempo.
Sellada la suerte de la derrota
conocimos las ratas de los caminos
-¡ah, los vidriosos ojos del asesino!-,
la medianoche eterna,
el puño abierto del ojo.

V
Ayer,
cuando eterno era el tiempo en mi país flotante,
acogimos la niebla como dogma
-culpables somos de existir-,
como pájaros fantásticos la proclama del oráculo.
Hoy, funesta memoria,
cuando la delirante profundidad del viento
despeña los mármoles que guardan la ciudad,
detenidas están las aves,
los altares sin velas y escarbo
y rebusco mi sombra en
la baja latitud de mi muerte
y en el mar de los credos
y sólo encuentro dioses caídos como piedras diciendo
-caballos ígneos por el cielo-
lo que no somos,
los inteligibles signos de fúnebre danza
y los ardientes ojos de sal
como ascuas,
en el seco viento del exilio.

Del miedo y otras calamidades

porque en apartándome de vuestra merced,
luego es conmigo el miedo...
Sancho

(sin título en el original)

por qué nos torturan
después de muertos?
los hay que no tendrán descanso
nunca la paz
el sosiego
ya: vagarán después de muertos para arrastrar
huesos y piedras y pequeños pajaritos
con picos de oro

temblarán los muertos de estarlo
y nos repartiremos el ala o el vientre,
la piedrecita pequeña
el índice acusador de los niños

II
qué diría un muerto
ante esta morbidez cálida, pegajosa
acaso me escupiría la cara?
él también estaba allí, aferrado
con suerte, claro
porque a veces sabemos bien
no está donde debe
quizás no le permiten la entrada o salir
a veces no avisan a la prensa;
son tantos
apenas escucho el sonido de las ondas
(otras noches me rondan los escualos
grises, hocicudos y me dicen
qué escribes?)
confieso quizás no tenga valor
para cerrar la mano

Jaula I

Señor,
la jaula se ha vuelto pájaro,
¿qué haré con el miedo?
Alejandra Pizarnik

A veces no hay luna,
sólo miedo,
sólo un círculo pálido
que desciende hacia la noche.

A veces no hay luna
ni nada más allá de la noche, señor,
y se siente la hondura del universo muerto
tras la máscara de las estrellas.
En cada fragmento de lo oscuro
el difuso brillo de la Vía Láctea
pende irónico y ajeno:
la miel nos ha sido negada
y cada átomo es un nervio que crispa la sed
con interrogantes que el dios soberbio de los poetas
nunca responderá.

A veces no hay jaula,
a veces no hay nada. Sólo pájaros
que vuelan en lontananza al horizonte.

Siempre es noche. Eternamente noche.
El sol es una máscara.
Más allá de la atmósfera iluminada,
en el interior desnudo
donde habitualmente estamos y nunca lo sabemos,
donde arriba es abajo como abajo es arriba,
todo es negro y noche.

el miedo. Variante II

nos desgobierna el miedo. Atrapado
como una mosca
en la telaraña de rincón visceral él
el miedo el tiempo
que se arrastra
repteante, agónico cuando las cartas
parecen suspendidas en el aire
y cae muy fina, lentamente, la arena
amargándonos
el tiempo también que se
desboca
en galopada violenta del corazón
y dice "ya":
entonces es la piedra que es el miedo
pero no a morir sino cómo
a veces un fogonazo el miedo breve
y un aroma sutil y una fragancia eterna
otras puro estiércol
que se bebe, amargo, cada día

temo morir sin ver el sol
temo la locura, la llaga, el pus
y la despedida
yo quiero un instante, un relámpago
soberbio majestuoso
y a la sombra tranquila el
sonido que se quiebra y
paz: un yacer cansado
un agotamiento suave inefable
a pleno mediodía con un fuego creciente
la suave brisa
y una ausencia de todo, sin fin

abrazado a nada
sobre las calles vacías

marzo, sábado

III. Vísperas del miedo

por qué se teme algo
sin importar el color de la piedra que arruina
la confianza toda?
por qué esquiva involuntaria
la mejilla el golpe
que oscuramente parió la entraña?
o el trueno aún no nacido?
es el miedo pequeño ratoncito que vive
debajo de la uña y en la punta
de la lengua

el miedo nos habita
y se acuesta en nuestras sábanas
el miedo en los ojos de los viejos
el miedo que mudo nos reprocha
la ventana
el espejo infame
el miedo que brota por las cañerías
y está en la elipsis del poema
miedo
a morirnos de miedo miedo que
nos inculcan inescrupulosos
los astros del horóscopo
y los perros del Dante
¡Oh Captain, my Captain!  quizás mañana
aún en la infancia aprendas
a ocultarlo o dejarlo estar bajo la cola
cuando baja por los dientes esta rabia
porque en las vísperas del miedo
sabes? tendrás razones para
temernos a todos
odiarnos a todos

Del miedo y otras calamidades

I
Ya no había refugio. Ni en el silencio, ni en los hijos, ni en las paredes. La casa, el sancta sanctorum había sido violado. Por todas partes entraba la jauría del Rey. Entonces sentimos miedo.

II
Se le ha perdido la mamá y el niño llora; está solo frente a lo desconocido y teme, por eso llora. Feliz niño ¿la madre llora?

III
Ella sonrió. ¿Tu capa? No soy príncipe. ¿Tu caballo? No soy noble. Ella sonrió, enloquecieron las princesas. No abundan los quijotes y en el fondo todos lo somos.

IV
para K.
Los que son tontos y tienen fe. Los escépticos que no tienen nada. Los que se aferran a la esperanza y se van quedando sin uñas, rabiosamente: todos en el huerto del Señor.

V
Temblaba cuando fue capturado. Lo torturaron en las mazmorras del castillo y gritaba. Le cubrieron de mentiras y lo ahorcaron en la plaza pública. Sonrió el verdugo. Pero él ya no temblaba.

VI
Siempre el mismo sitio, el buey, la vida, la siembra, el impuesto al Rey. Y una vez al año, sólo una vez, la cosecha.

VII
Las naves entran y parten llevando otros aires y mercaderías ignotas de un nuevo mundo, pero nada se mueve: los nobles viajan y los otros miran boquiabiertos a los viajeros.

VIII
Suenan los cascabeles, el bufón se ríe. Es tan tonto que ríe. Todos callan, esperando el salto mortal de la risa.

IX
Quizás la enfermedad que pudre, el tránsito lento, la fetidez de las llagas; no el término, el remanso al fin. Pero el cuadro inacabado, la huella que se borra...

X
Las calles se desbordaron. Los siervos con las imágenes sagradas eran miles y cantaban frente al trono estremecido, ciervos y perros juntos. Fue cuando los perros conocieron el miedo.

(Enero de 1998,
con motivo de la visita de Juan Pablo II a La Habana)

(sin título en el original)

Siempre fuimos perdedores. Nacer y llorar por el paraíso perdido, morir y perder hasta la tierra que nunca fue nuestra. Y en el pasar del viento y el tiempo dejamos la perenne derrota de los nacidos para no ganar. Quizás debamos creer en Dios? en Marx? vender cara la derrota?

ni sabe el pez cristiano qué es el rosario
clavando la noche en la llanura
que aún no he logrado ser verbo, que nunca lo fui
en este tiempo viscoso y oscuro

Y hay quien se inventa su país y hace su vida de sueños tangibles amasando el éxito, la victoria y las treinta monedas, sin el valor de Judas para terminar en la horca. Extraño placer el de perder, los que nunca ganamos...

me arrastro hasta el temor torpe y rígido
la puerta del amanecer
que con una sola palma tengo patria
mar color de sal, que no azul
cuando se extiende la ciudad por tu cuerpo
el arco creciente de la luna rota
y será de día cuando las horas abran hacia adentro
el término mortal de las prohibiciones
el frágil cielo de tus ojos
vida que escapó con el cristal
y fueron hasta los aplausos ilegales y en sordina
y en qué mano voy a esperar llorando
y en qué lagrima resumiré el cielo

Y quién pintará el azul y la nubecita aquella que casi toco
con los dedos?
Quién borrará el color blanco del alba a pesar de la mugre y las inmundicias
del cuerpo?

dónde se suicidan los versos y los poetas.
las prostituídas palabras
besan el verbo que te arranca
los escombros de cada historia que no hacen una
la irrealidad de los fatuos cisnes
exiliados en el silencio y en el gris rumor

se ha partido en dos mi muerte
y me la cuelgo al hombro y ando y aún río
un pan lleno de besos
la derrota diaria del sol
la tristeza de la noche sobre la calle vacía

quizás deba morirme en esta mujer
quizás sólo lo logre sobre la sábana sucia de mis fluidos
mientras crece el bienestar público entre cervezas verdes:
vendrán a mi entierro los poetas muertos
y hasta los que no se atrevieron nunca a morirse:
pueden venir los mansos y los que odian
todo será gratuito a la pobre hora de mi entierro
y en la espléndida luz de mi muerte:
por eso quizás deba morirme
en esta mujer que será mi palma
y mi puñado de tierra sobre el pecho y hasta las hormigas
que me van entrando por entre los huesos

y a pesar de mí y de Dios no habrá mejilla que borre la imagen del odio en la multitud que grita, y apedrea, y pide la muerte en el circo de la historia: yo no puedo, yo no quiero olvidar

el navajazo en el nombre
los dos ojos irrespirables
crucificado en mis apellidos y en el número de mi casa

sólo el mar queda sobre las orillas rotas
que las hormigas saben y callan
amurallada de circos y leones
catarata de odios
que ya no hay más fondo que el fondo
sueño, ay! con la primavera que viene en tren roto
y cuando tenga la tierra encima llenaré
mi ataúd de verdes y vendrán a ver
quizás me escurra en la mínima semilla o
en la imprecación sorda
de tanta esperanza inútil

Con Alonso Quijano en La Habana

Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes

por nos intercede, suplica por nos,
pues ya casi estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
Rubén Darío

Epístola a Alonso el Bueno

Quizás no debiste
haber renunciado a la espada.
¿Acaso destruirán los papeles la flota turca
y el cautiverio de estas puertas del siglo?
¿Do el sol?

No necesitamos el discurso de la salvación
ni los cuatro evangelios de nuestra derrota
ni el papel del verso escondido:
destruido será el dogma.

Estruendo,
relámpago que sin acaecer se agolpa,
cuelgan las nubes del miedo,
crujen las sábanas en los crepúsculos,
en la arena de las sandalias de los viandantes.

Es inútil comprender el sol,
la servilidad,
el retórico discurso de los héroes, los eternos caudillos,
arquitectos de silencios y penumbras.
No hay puertas, ni salidas. No hay mapas.

Develemos entonces
el oscuro complot de los bachilleres, duques y canónigos
ante los hipócritas aduladores,
los domesticados poetas éditos
y las olvidadas huellas de los peregrinos y caballeros,
la luz...
en fin.

San Lázaro, caballero errante

Entre vosotros y yo, ¿quién lleva la
mejor parte? Esto es lo que nadie sabe,
excepto Dios.
Sócrates

En la Avenida de los Presidentes
hace el poco frío que hace de vez en cuando
-al fondo las olas rompen sobre los inmóviles ojos de las rocas-
y un       Alfonso/ Alonso       cualquiera en las afueras
de un hotel también Presidente
se aferra      dogmático/ antidroctinario      al viejo Lázaro,
poderoso San Lázaro
que cuida de su salud
para que recobre el movimiento de sus piernas-muñones
y no muera de pulmonía
en la irradiante mañana
donde pide limosna, sobre el pavimento sucio
-tres pesos moneda nacional
y cinco centavos de dólar- al lado
del tropical caballero andante con muletas y perros,
sólo dos órbitas      abiertas/ ciegas       y el rayo que no llega
en una figurita de plástico sobre la caja
de cartón sucio.

Parque de 23 y G
7:15 am

El campo de Montiel

Sale cada día sin yelmo ni bacín,
a golpe de luz,
a ritmo de conga
-qué paso más chévere, el del turista es-,
a recoger platos sucios y laticas de aluminio y botellas vacías,
comida rápida,
cerveza reciclable
-Cristal, la preferida de Cuba-,
en el viejo bar devenido shopping CUC
que luego vende como materia prima al Estado con mayúsculas
-lo mío primero-,
porque dónde si no le pagan su salario
de cucharitas de plástico y desechos de aluminio,
a tanto la libra, de sol
de negros y blancos con medallones que relampaguean
-gruesas cadenas de oro y plata al cuello-
que arriban en motos y autos rusos,
cuando ya el Beny no canta
-Castellanos qué bueno baila usted-
porque se acabaron las victrolas
y Contreras emigró a cierta galaxia lejana
-déjala, déjala que se te vaya-,
a tanto la libra de nuevos gringos
venidos del Central Park Hotel o del Habana Libre Tryp
-él jamás ha podido entrar allí-,
venidos de la vieja Europa
-él jamás podrá viaja a allí-,
a tanto la libra de astros apagados y muertos:
le resta su Habana, la cordillera de luces
-amarillas, frías, inmóviles-,
como el lejano campo manchego,
sobre el Malecón, alrededor de la bahía,
su nieta que estudia para licenciada en el Pre
o para jinetera si no le dan la beca,
y un par de zapatos made in Brazil a pesar de todo
para patear la falsa puerta del corral de Montiel.

En el Malecón, frente a 23
1:30 pm, con sol quemante

Encantamientos

En el mayo de las brujas
suenan las campanas (de Tréveris?) y bajan
las meretrices y fornicantes
Rampa abajo, sobre el amarillo viento,
ante cerradas ventanas
de los altos e impávidos ministerios
para copular con los penes fríos de los íncubos,
para entregarse a los lobos blancos  de dentellada amarga,
gigantes que regatean
y pagan el sexo oloroso y húmedo
de los fieros animales ajusticiados de rodillas.

Entre miradas y gestos tienden
desnudas bajo las ropas, sus pechos desnudos,
puentes cómplices que el deseo incendia,
las almas en un ala las noches de Sabath
como aspas de molino,
como peces sin memoria. Una y otra vez
las jineteras sobre el malecón,
sobre el palo de escoba que lúbricas montan,
las aceras,
los parques,
las brujas,
las puertas de las profecías,
del anunciado espanto
(la belladona,
los mágicos ungüentos para volar
el aquelarre del éxtasis,
el resplandor que
quema).

De bachilleres, poetas y túneles como calendarios

I

¿A dónde va, señor Don Quijote?
¿Qué demonios lleva en el pecho(...)?
El Quijote

Sueño huir, sin término quizás,
hasta que no escuche el grito de los gigantes en celo:
los poetastros oficiales han conquistado la ciudad,
debo cumplirme en la palabra andante
-y en el misterio del verso-,
en la cuasi ebriedad del fracaso eterno.

Canto sublime el del suicida,
sacrificio y altar de los oscuros pájaros que sobreviven
a cuartilla el arroz frito con cerveza.
Pero aún creo en los oráculos,
en el milagro de la esperanza,
en el aleteo del relámpago,
en el infiel aroma del sexo
y en la desbandada constelación de los locos.
Esperándome estará en la ceniza
-isla que flota en mi cuerpo-,
tierra de castigo, casa en llamas,
rosa de oro, mi Dulcinea
y el aguamiel de sus pechos.

Creatura eterna de la peste, ángel de cristales,
andaré el cielo todo del espejo roto
como barco de holandés errante,
la ruta migratoria de las nubes,
el trópico de la persecución y la magia
hasta la proscripción del asombro,
los oscuros pájaros del olvido
y mi cumplido destino:
la humana voz del silencio.

Hijo seré de mis molinos.

II
Los leprosos exiliados del sueño
a la disminuida sombra de la culpa
no verán jamás el asombro perpetuo de las manos,
la alucinante agonía del sol.

¿Cómo descenderá por las esquinas del cielo
la pupila insomne de los muertos
-Heredia, Novás y un repentista sin nombre
y un caballero maltrecho-?

El carnaval como sudario
en la eterna enfermedad de la derrota,
el conjuro del llanto,
la autocrucifixión de los dioses,
los negros cuervos de Poe,
son la visión de luz en los rastrojos del hambre;
no hay tertulia en el imposible café de los bares.
Vestida la rosa de indiferencia que espanta
habremos conocido la olvidada aurora
en las fronteras de la ausencia,
en la profanada palabra de los poetas muertos.
Al amor herrumbroso y desnudo
y a la locura perenne de la duda,
debemos el porvenir en el interior de la piedra,
el sexo muerto al centro preciso del deseo,
la lluvia poéticamente vertical
en una pobre edición de provincia.

Éclairer! Éclairer!
Ampárenos el diente feroz,
la embriaguez de la estrella
y el viento colérico del desarraigo
hasta la alquimia de la luz
y el sabor inevitable de las ruinas.

III

Ven conmigo a la sombra de las administraciones,
al débil, delicado color pálido de los jefes,
a los túneles profundos como calendarios(...)
Neruda

Soy uno y otro el espejo, la imagen y yo,
forma visible del espíritu mi vértigo roto
y el lento acabarse de cada ola
al final de la calle,
la inmoral poesía de los indiferentes,
tu nombre por el mío en este año de difuntos
de tantos veranos muerto.
Animal codificado en el polvo de las amapolas,
la burocracia juega a los dados
en las bajas ciudades,
en estas cuatro paredes absolutas:
el mundo amarillo y vacío de la deshojada mano,
la palabra redonda y gastada,
los costados sin término de los muros
donde todos los poetas –dicen los bachilleres-,
trabajan como poetas.

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo*
como ajusticiado perro que lame la memoria.
Habito países que nunca he visitado,
parto cada vez sin haber llegado nunca.
La ecuación perdida de esta ciudad tomada
me dice que soy extranjero ante mi propia muerte;
desnudo cadáver en mi interior
Atenas ha caído pero alcanzará su precio
en la subversiva lanza de cualquier costado
o en el libro hermético
o en el sueño de los laberintos.
Sólo resta la lujuriosa escritura,
el ritual de los nombres,
el mudo grito de Munch y la ínsula de arena.

En este nunca ido año de funcionarios interminables
estaré siempre en los falsos papeles
y el fuego fatuo de los acantilados,
como cruce exacto de los caminos,
como punto cardinal del odio.
Espanto de la piedra.
Escriba que bebe el llanto de su suerte.
A veces en la noche yo me revuelvo
que ni aún escrito y muerto es dócil el verso.

Matanzas, diciembre 29 de 2004

* A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años me pudro(...)
Dámaso Alonso

Exilium

En una madrugada de septiembre llegué al aeropuerto de Pudahuel. Desde el aire se veía el interminable desfile de luces de la ciudad de Santiago de Chile...

La ciudad es grande, cierto,
y rica, y brillante, y bella,-
y yo soy un hombre muerto,
y mi sarcófago es ella.
José Martí

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